El ruido que no se escucha… pero se siente
Hay días en los que todo parece estar en orden.
Cumples con lo que tienes que hacer. Respondes. Avanzas. Produces. Nada falla… al menos en apariencia.
Pero hay algo que no encaja.
No es cansancio físico. No es falta de tiempo. Es otra cosa… más difícil de nombrar.
Es como un ruido interno que no se escucha, pero está ahí. Constante. Sutil. Persistente.
Un pensamiento que se repite. Una incomodidad que no termina de irse. Una sensación de estar presente… pero no del todo.
Durante mucho tiempo lo ignoré. Lo cubría con actividad, con distracciones, con lógica.
Hasta que entendí algo importante:
no todo lo que necesita atención hace ruido hacia afuera.
Hay señales que solo aparecen cuando te detienes. Cuando bajas el ritmo. Cuando dejas de llenar cada espacio.
Y no siempre es cómodo.
Porque escuchar ese «ruido silencioso» implica hacer preguntas que no siempre tienen respuestas inmediatas.
¿Qué me está incomodando realmente? ¿Qué estoy evitando mirar? ¿Por qué sigo avanzando si algo en mí pide pausa?
No es fácil detenerse cuando todo sigue funcionando. Pero tal vez ahí está el punto.
No esperar a fallar para prestar atención.
Desde entonces, empecé a ver ese ruido de otra forma.
No como una molestia… sino como una señal.
Una forma —quizás la más honesta— en la que algo dentro de mí intenta decir:
«por aquí no es»… o al menos, «no así».
Imagen generada con inteligencia artificial
