¿Qué dejamos de hacer para proteger la vida?

Una reflexión sobre la ética, la ingeniería y el valor de la vida

En esta era de acelerado desarrollo tecnológico, donde las comunicaciones, los materiales y los medios de transporte avanzan día a día en una carrera interminable contra el tiempo, resulta paradójico enfrentarnos a tragedias devastadoras donde las pérdidas humanas se cuentan por miles.

Como profesional en Ingeniería, hoy me pregunto con profunda preocupación:

¿qué dejamos de hacer o qué no hicimos bien para que estas tragedias ocurrieran?

Al revisar la historia geológica de nuestra región y los datos de eventos sísmicos, la ciencia nos proporciona información valiosa sobre eventos pasados y sobre las amenazas que deben de considerarse en el diseño de nuestras obras.

Estos conocimientos permiten establecer criterios técnicos para construir infraestructuras capaces de resistir eventos de alta magnitud.

No podemos culpar a la naturaleza; este ha sido su comportamiento dinámico y normal durante millones de años.

Las tragedias suelen surgir cuando la vulnerabilidad humana supera nuestra capacidad de prevención, diseño, construcción y supervisión.

Si olvidamos nuestro papel como cuidadores del entorno y administradores responsables de los recursos, terminaremos enfrentando las consecuencias de nuestras propias decisiones.

Recuerdo que, al iniciar la universidad, nos adentrábamos en el rigor del cálculo diferencial e integral. Hacia el final de la carrera, aprendíamos a diseñar con la disciplina, criterio y compromiso ético que exige la profesión, entendiendo que del éxito de un proyecto dependía el bienestar de las personas y la protección del medio ambiente.

Nuestra primera obligación era salvaguardar la vida. Bajo ese principio investigábamos estándares internacionales y afinábamos cada detalle.

Ya en el ejercicio profesional, este aprendizaje se materializaba en obras civiles, eléctricas, arquitectónicas … diseñadas para perdurar, donde la prueba del tiempo simplemente debía confirmar la solidez de lo que se calculó y ejecutó con rigor.

Sin embargo, cuando observamos a nuestros colegas analizar y revisar estructuras colapsadas o afectadas, con frecuencia aparecen construcciones que no cumplían las normas vigentes, diseños que no se respetaron o  materiales que no correspondían a las especificaciones técnicas requeridas.

Es allí donde cobra fuerza la pregunta central de esta reflexión:

  • ¿Qué dejamos de hacer para evitar que esto sucediera?
  • ¿Cumplió realmente el diseño con la premisa innegociable de proteger la vida?
  • ¿Omitimos variables críticas en la evaluación de riesgos?
  • ¿Supervisamos rigurosamente la ejecución y la calidad de los materiales?
  • ¿Exigimos las certificaciones y trazabilidad correspondientes?

Todas estas exigencias estaban escritas en los planos, en los códigos y en los pliegos técnicos. La tragedia no ocurrió por falta de conocimiento, sino porque, en algún punto de la cadena de decisiones, dejamos de hacer cumplir lo diseñado o fuimos permisivos frente a la desviación de los estándares.

Hoy mi intención no es salir a buscar culpables, sino apelar a nuestra conciencia como profesionales.

La confiabilidad no comienza cuando ocurre una falla comienza cuando cada decisión técnica se toma con integridad.

Por encima de cualquier interés económico, administrativo o de conveniencia, siempre, sin excepción, debe prevalecer la preservación de la vida y la conservación de nuestro entorno.

Esa es, quizás, la mayor responsabilidad de nuestra profesión y el legado que debemos dejar a las próximas generaciones.

La confiabilidad comienza mucho antes de que falle un equipo o colapse una estructura. Comienza en cada decisión que tomamos cuando nadie nos está observando.

Y tú… ¿qué estás haciendo hoy para que la vida pueda seguir confiando en tu trabajo?

Imagen sacada de un video en Instagram de @popayanco, publicado el 14 de agosto de 2026. «Mucha atención, un ingeniero civil…»