Una mirada al Lienzo

La sala de exposiciones de mi esposa

El día en que dejé de mirar… y empecé a observar

He estado muchas veces frente a sus obras

Las conozco. O eso creía.

Camino por la sala, observo los trazos, reconozco los colores, identifico las formas…
pero todo eso, ahora lo entiendo, era solo mirar.

Hasta que un día algo cambió.

Me detuve más de lo normal frente a una de sus obras.
Sin prisa. Sin análisis. Sin intentar entender.

Y en ese silencio… apareció algo distinto.

Dejé de ver la pintura como un objeto terminado
y empecé a sentirla como un proceso.

Ahí estaba su tiempo. Sus decisiones. Sus dudas. Sus momentos de claridad… y también los de incertidumbre.

Cada trazo dejó de ser una forma y empezó a ser una huella.

Y entonces ocurrió algo aún más inesperado: también me vi a mí.

Porque entendí que muchas veces hago lo mismo con las personas… y conmigo mismo.

Observo, interpreto, concluyo. Pero no siempre me detengo lo suficiente para comprender lo que hay detrás.

Ese día no descubrí solo una obra.

Descubrí una forma distinta de estar presente.

Una forma que exige menos prisa… y más profundidad.

Desde entonces, cada vez que vuelvo a esa sala, ya no intento descifrar lo que veo.

Intento algo mucho más difícil:

darme el tiempo para realmente verlo.

Fotografía personal