Todo hogar empieza con un hogao

Cada día que entro a la cocina de mi casa para preparar los alimentos comienza un pequeño  ritual. Su único compromiso es despertar sensaciones del presente y del pasado, evocar momentos importantes de nuestra vida. Si al terminar de comer se inicia una tertulia, siento que cumplí el objetivo.

Uno de esos días cualquiera le digo a mi esposa:

– Hoy seré el chef.

Entonces comienza el ritual. Escojo los tomates más rojos, la cebolla más fresca y los ajos más voluminosos. Los uno con la pimienta, la sal y un toque de aceite. Llega ese momento sublime, el ajo toca el aceite caliente y reacciona con los demás ingredientes. Los colores se transforman como un caleidoscopio perfecto y sucede la magia. El aroma del hogao invade la cocina, detiene el tiempo y me devuelven muchos años atrás.

Cuando era un niño de escuela, mi madre me despertaba, cuando todavía la noche no terminaba de irse. Después de una ducha fría, me hacía sentar junto al pequeño asador de carbón ardiente. Allí preparaba el hogao y lo esparcía sobre una arepa recién asada. Ese era nuestro desayuno, el que nos daba la energía para afrontar toda la jornada de estudio.

Con los años entendí que aquel olor y aquel sabor representaban mucho más que un alimento. Eran un impulso silencioso, una forma de cuidado, la fuerza necesaria para enfrentar las horas de clase y luego gastar, sin medida, toda la energía en los juegos de la infancia.

Regreso al presente cuando el aroma vuelve a mezclarse con el vapor de mi propia cocina. El hogao está listo y será el acompañante de honor, el toque que termina de dar carácter  a las carnes, vegetales y legumbres. 

Mi esposa sonríe, agradece y comienza la tertulia. Casualmente, hablamos de nuestros gustos por la comida.

Entonces comprendo que, sin proponérmelo, he repetido el mismo acto de amor que siendo niño.

Sigo creyendo que la cocina ha sido uno de nuestros espacios de encuentro: 

  • Ahí se premia el cariño, se rinde homenaje a la memoria y se abren las puertas para conocer y entender a los demás.
  • Combinar sabores es como mezclar matices en un lienzo.
  • Cuando nos sentamos a la mesa también degustamos la historia, la geografía y las costumbres de un país entero.
  • Cocinar un plato tradicional de nuestra tierra no es seguir un manual frío; es un acto de equilibrio y respeto por cada uno de sus ingredientes.

No pretendo ser un experto en cocina. Prefiero contemplar el proceso: esa armonía en la que las texturas, aromas y contrastes se unen para alegrar la vida.

En esa búsqueda incesante por descubrir nuestro potencial, rendir homenaje a la cocina es también rendir homenaje a la gente común —hombres y mujeres— que, sin ningún tipo de pretensión mantienen viva la herencia de nuestros ancestros.

Nota: Para los lectores fuera de Colombia: El hogao es el sofrito base de la cocina colombiana, preparado con tomate muy rojo, cebolla fresca, ajo y especias. Es la matriz de sabor que acompaña nuestras arepas, carnes y guisos tradicionales.

Imagen personal