La esencia del juego

Desde muy pequeño, mi padre me llevaba los domingos en hombros a ver fútbol profesional.

Nos ubicábamos siempre pegados a la malla. Desde allí observaba a once hombres defendiendo la camiseta de nuestra región. No era un fútbol de mucha técnica, pero, para el contrario ganar en aquella cancha era toda una proeza.

Para mi padre, aquellos hombres eran gladiadores. Esa frase se quedó conmigo para siempre.

Quizás por eso nació mi pasión por el fútbol.

Mi infancia y mi adolescencia estuvieron rodeadas de balones. La calle y la barriada eran el escenario donde los sueños de niño podían hacerse realidad. Bastaba con encontrar un espacio, reunir unos cuantos amigos y conseguir un balón para que apareciera el picaíto.

No importaba dónde: una calle, un potrero o cualquier pedazo de terreno podía convertirse en una cancha. Allí éramos, por un rato, los jugadores que admirábamos.

Jugábamos para ganar, pero también para disfrutar.

Corríamos hasta quedarnos sin aire. Discutíamos porque la pelota había pasado —o no— la raya imaginaria de la portería, porque alguien había cometido una falta intencional o porque el balón ya había salido del campo.

Y cuando no había acuerdo, encontrábamos nuestra propia justicia: una pena máxima y el juego continuaba.

El partido terminaba cuando se cumplían los goles que habíamos pactado o cuando el cuerpo simplemente ya no podía más.

Después, todo quedaba atrás.

La discusión, la falta, la derrota.

Creo que sin saberlo, en aquellas calles aprendimos mucho más que fútbol.

Aprendimos a competir.

A respetar al contrario.

A aceptar una derrota.

A insistir cuando las cosas no salían bien.

A cumplir una regla, aunque nadie nos estuviera vigilando.

Y, sobre todo, aprendimos que ganar tenía sentido porque había alguien al otro lado dispuesto a intentar lo mismo.

Décadas después, sigo buscando aquella sensación cuando veo fútbol.

Recuerdo especialmente aquel partido entre el Paris Saint-Germain y el Bayern Múnich. Fueron nueve goles. Para mí, esa cantidad significó mucho más que un marcador: me transportó inmediatamente a aquellos picaítos de mi infancia, cuando jugábamos al primero que llegara a cinco. Y allí estaba otra vez aquello que yo recordaba del fútbol:

La entrega.

La intensidad.

El esfuerzo físico.

La sensación de que quienes estaban dentro de la cancha querían realmente ganar.

Por un momento, volví a sentir detrás de la pantalla aquella emoción que años atrás había aprendido a vivir detrás de la malla del estadio junto a mi padre.

Y me ilusioné.

Pensé que tal vez en el Mundial volvería a encontrar aquellos gladiadores que alguna vez admiré.

Pero algo ocurrió.

Después del Mundial, mi deseo de seguir viendo fútbol disminuyó.

No por falta de partidos. Todo lo contrario. Hay fútbol prácticamente todos los días.

Lo que me hace falta es aquella sensación.

Hoy encuentro un fútbol rodeado de publicidad, dinero, apuestas, intereses empresariales, escándalos dirigenciales y decisiones que parecen tener más relación con el espectáculo que con el juego.

No culpo a la tecnología. También ella forma parte de la evolución del deporte. El problema comienza cuando deja de estar al servicio del juego y el juego termina estando al servicio de todo lo que lo rodea: el espectáculo, la publicidad, las apuestas y el dinero.

Los partidos parecen, en ocasiones, responder más al libreto de quienes administran el espectáculo que al trabajo de quienes preparan y disputan el fútbol desde la cancha.

Entonces me pregunto dónde quedó aquello que no puede medirse.

La pasión.

La rebeldía.

La intuición.

El deseo de correr detrás de una pelota simplemente porque queremos hacerlo.

También me pregunto qué significa hoy ser un ídolo para un niño.

Cuando yo era niño, quería parecerme a los jugadores que veía detrás de aquella malla. Quería correr como ellos, hacer goles como ellos, sentir lo que ellos sentían.

Hoy parece que el sueño ha cambiado.

La camiseta, la firma, la fotografía, el tatuaje, las redes sociales, el número de seguidores.

No sé si hemos dejado de admirar a las personas para comenzar a admirar las marcas que las rodean.

Y quizá ahí está mi verdadera tristeza.

No porque el fútbol haya cambiado.

Todo cambia.

Sino porque tengo la sensación de que estamos dejando desaparecer algo mucho más grande que un deporte: la posibilidad de que un niño encuentre en el juego una escuela para la vida.

En aquellas barriadas no teníamos ídolos fabricados por grandes campañas de publicidad.

Los nuestros nacían cerca.

Eran los muchachos que jugaban en la misma calle, el vecino que hacía una gambeta imposible, el amigo que corría hasta el último minuto, aquel que nunca abandonaba el partido aunque estuviera perdiendo.

Eran personas de carne y hueso.

Podíamos tocarlos.

Podíamos jugar contra ellos.

Podíamos perder frente a ellos.

Y algún domingo, quizá, ellos podían perder frente a nosotros.

Tal vez por eso aquellos ídolos eran verdaderos.

No porque fueran perfectos, sino porque los veíamos esforzarse.

Porque conocíamos sus derrotas.

Porque sabíamos de dónde venían.

Porque nosotros también podíamos soñar con llegar hasta allí.

Pero sigo echando de menos algo.

La esencia.

La esencia de correr sin que nadie te pague por hacerlo.

La esencia de competir sin que todo tenga un precio.

La esencia de perder y volver a jugar al día siguiente.

La esencia de mirar al contrario a los ojos después de una derrota y estrecharle la mano.

Quizá eso fue lo que realmente me enseñó el fútbol.

No a ganar.

A jugar.

Y mientras exista un niño corriendo detrás de una pelota en una calle cualquiera, todavía habrá una oportunidad de volver a encontrarla.

¿Podremos recuperar algún día esa manera de competir, de crear y de disfrutar el juego, sin perder aquello que lo hacía verdaderamente humano?

Nota: el término picaito en Colombia hace referencia a un partido de fútbol espontáneo, informal y amistoso que se juega entre amigos por diversión.

Imagen generada con la IA de Gemini