Hoy observo a mi padre, a sus 93 años, con la cabellera completamente blanca. Su cuerpo parece rendirse por unos instantes al rigor del tiempo. La cabeza se inclina hacia un lado, buscando descanso después de tantos años de esfuerzo.
Fue un hombre que lo entregó todo por un propósito que parecía llevar consigo desde siempre: estar al frente de su familia. Su esposa y sus hijos han sido su mayor orgullo. Nos protegió y nos defendió, como si hubiera llevado sobre sus hombros una coraza dispuesta a resistir cualquier dificultad.
Hoy sus rodillas apenas soportan el peso de su cuerpo. Sin embargo, todavía intenta resistir, como si dentro de él permaneciera algo de la fuerza con la que durante tantos años asumió la responsabilidad de cuidarnos.
Al mirar su vida, encuentro muchas razones para admirarlo: la firmeza de su carácter, el rigor de su trabajo y los principios que nos transmitió. En este texto quiero detenerme en esos aspectos, que se entrelazan en los recuerdos que conservo de él.
Aunque nunca fue un hombre de gran estatura, sus manos parecían las de un gigante. En ellas se concentraban años de trabajo: manos que conocieron el cansancio, pero también la satisfacción profunda de una tarea bien hecha.
Con herramientas pesadas -macetas, cinceles y martillos- daba forma a las láminas de zinc para elaborar los trabajos que sus clientes le encargaban. Tenía la habilidad de transformar un material rígido en piezas precisas que respondían a las especificaciones de cada encargo. La calidad de sus trabajos despertaba la admiración de quienes conocían su labor.
El respeto por su oficio comenzaba en el respeto por sus herramientas.
Recuerdo que las guardaba en un cajón de madera finamente elaborado, un recinto casi sagrado al que solo él podía acceder libremente. Tenía un seguro que únicamente él abría; para nosotros, entrar allí era algo excepcional.
Durante mi niñez, en algunas ocasiones me permitía explorar su interior. Había unos recipientes plásticos de color rojo que llamaban mi atención: siempre quería saber qué contenían. Estaban llenos de tornillos de diferentes tipos y de pequeñas piezas metálicas que, según recuerdo, parecían haber sido recogidas sin un orden particular. El cajón estaba dividido en tres compartimientos para organizar las herramientas: en el centro se encontraban las más delicadas y, al fondo, las más pesadas. En la puerta había solapas de las que colgaban las que utilizaba con mayor frecuencia.
Han pasado cerca de cincuenta años desde aquellos recuerdos. El cajón todavía permanece en su casa. Aún conserva algunas de esas herramientas que parecen haberse quedado en el tiempo, después de acompañarlo durante tantos años de trabajo. Verlas hoy es recordar no solo el oficio de mi padre, sino también el rigor y el esmero con el que preparaba cada jornada.
El cuidado de la herramienta se volvía aún más evidente cuando nos permitía participar en su trabajo. Si al pedirnos una herramienta cometíamos la imprudencia de lanzársela en lugar de ponérsela en la mano, su reacción no se hacía esperar. Su advertencia era clara y contundente:
«La herramienta no se tira; se puede caer y dañar, o lastimar a alguien»
Esa enseñanza trascendió el taller. El respeto por la seguridad y la integridad de las personas se convirtió en un principio que procuro mantener en mis decisiones, mis proyectos y mi ejercicio profesional.
Aquel rigor no era casualidad; era fruto de una formación construida desde la base, cuando junto a su maestro aprendió el oficio de latonero. Con ese conocimiento y su espíritu emprendedor, construyó su propio negocio y lo mantuvo durante décadas.
Rara vez decía que algo no se podía hacer: siempre encontraba la manera de convertir una idea en un trabajo terminado.
Su método de trabajo se resume en una frase: «Se hacía bien o no se hacía». Para él, cumplir con un encargo implicaba responder por el resultado. No bastaba con terminarlo; debía hacerlo con la calidad que exigía su oficio y con el cuidado que merecía el acuerdo establecido con cada cliente.
Esa exigencia comenzaba mucho antes de tocar el metal. La planeación era parte esencial de su trabajo. Todas sus camisas, sin excepción, debían tener un bolsillo en el lado izquierdo. Allí llevaba una pequeña libreta y un lápiz desgastado por el uso continuo. En sus páginas, o en hojas en blanco dobladas una y otra vez, registraba las medidas y dibujaba los bocetos de los trabajos que debía realizar.
Su pantalón también tenía una función precisa: llevar la cinta métrica siempre a mano. Tomaba las medidas, las repasaba mentalmente y las repetía varias veces para confirmar que fueran correctas. Antes de comenzar, necesitaba tener claridad sobre lo que iba a construir.
Visto desde hoy, aquel procedimiento revela una forma rigurosa de trabajar: observar, medir, dibujar y comprobar antes de ejecutar. Su oficio exigía destreza manual, pero también la capacidad de imaginar un resultado antes de que existiera físicamente.
Al pensar en las habilidades que cada persona desarrolla a lo largo de su vida, encuentro en mi padre una referencia importante. Reconozco en él el gusto por escribir, la habilidad para dar forma al metal y una notable capacidad para imaginar objetos en el espacio, anticipando cómo debían construirse y cómo encajarían sus partes.
De alguna manera, heredé esa facilidad para visualizar las cosas en tres dimensiones, imaginarlas en el espacio y comprender su funcionamiento. Todavía recurro al lápiz y al papel para representar una idea, explorar sus formas y comprobar si aquello que imagino puede convertirse en realidad. Mi profesión es distinta de la suya, pero conservo esa necesidad de pensar antes de ejecutar y verificar antes de dar por terminada una tarea.
No recuerdo que me haya transmitido esta manera de trabajar mediante una lección formal. La aprendí observándolo: en la organización de sus herramientas, en la insistencia con que comprobaba una medida y en su convicción de que cada encargo debía quedar bien hecho.
Hoy su cuerpo lleva las huellas de una vida de esfuerzo: las caminatas exigentes, las largas jornadas bajo el sol y el trabajo constante. Sus fuerzas ya no son las mismas, pero en mi memoria permanece el hombre que sostuvo a su familia y convirtió la disciplina cotidiana en una virtud.
El cajón de herramientas sigue en su casa. Sus instrumentos ya no cumplen la función de antes, pero los recuerdos que guardan me permiten reconocer cuánto de aquella manera de trabajar sigue presente en nosotros. El legado de mi padre no se limita a los objetos que construyó ni al negocio que levantó; también vive en los hábitos, las decisiones y los principios que nos inculcó.
Hay que hacerlo bien. En mi padre, esa frase fue mucho más que una exigencia del oficio: fue una manera de asumir el trabajo y la responsabilidad con los demás.
Y tú, ¿qué enseñanza recibiste de tus padres que todavía orienta tu manera de trabajar, de decidir o de relacionarte con los demás?
Imagen generada con IA Gemini




